Yo decido
Antes de entender cómo deciden las multitudes, los parlamentos o los mercados, hay que entender cómo decide una persona sola —y por qué esa tarea, que parece simple, esconde algunos de los problemas más profundos de la política.
El ordenador de preferencias
Supongamos que prefieres la seguridad a la economía, la economía a los derechos, y los derechos a la seguridad. Acabas de describir un sistema de preferencias que hace imposible elegir: cada opción tiene algo que la derrota, y das vueltas en círculos para siempre. El problema no es que seas indeciso. El problema es que tus preferencias no tienen la forma mínima que requiere una decisión coherente.
Para que una persona pueda tomar decisiones racionales, sus preferencias deben cumplir dos condiciones. La primera es que puedas comparar cualquier par de opciones: dado A y B, o prefieres A, o prefieres B, o te da igual, pero siempre tienes una respuesta. A esto Shepsle le llama comparabilidad —o en términos técnicos: completitud—. La segunda condición es que esas comparaciones sean consistentes entre sí: si prefieres A sobre B, y B sobre C, entonces debes preferir A sobre C. Eso es la transitividad. Sin estas dos propiedades, no hay forma de ordenar las alternativas, y sin orden no hay elección racional posible. La racionalidad, en este modelo, no dice nada sobre qué debes querer. Solo exige que lo que quieras tenga una estructura interna que lo haga coherente.
En junio de 2024, millones de mexicanos eligieron entre Claudia Sheinbaum, Xóchitl Gálvez y Jorge Álvarez Máynez sobre un terreno cruzado de temas: seguridad, economía, derechos reproductivos, federalismo, corrupción. Imagina a alguien que prefiere a Claudia sobre Xóchitl en materia económica, a Xóchitl sobre Máynez en seguridad, y a Máynez sobre Claudia cuando evalúa la agenda de derechos. Si ese votante intenta construir un ranking general a partir de esas tres comparaciones, se encontrará dando vueltas: Claudia vence a Xóchitl, Xóchitl vence a Máynez, Máynez vence a Claudia. No hay ganador estable. No es que el votante sea irracional: es que el problema político, con sus múltiples dimensiones simultáneas, puede producir preferencias que no cierran.
Usa el simulador para construir tu propio sistema de preferencias y ver en qué momento se vuelve incoherente.
Lo que cambia después de ver este modelo es la forma en que juzgamos la indecisión política. Cuando alguien dice que no sabe por quién votar, o que todos los candidatos tienen algo que le convence y algo que le molesta, a veces no es ambigüedad emocional: es que el problema tiene una estructura que dificulta genuinamente la coherencia. La irracionalidad no es siempre un defecto de quien decide; puede ser el producto de un menú de opciones mal construido, de campañas que mezclan dimensiones que no son comparables, o de temas que en la mente del votante simplemente no tienen relación entre sí. El modelo no resuelve eso. Pero te permite nombrarlo con precisión.
Fuentes: Shepsle, Kenneth A. Analizar la política: Comportamiento, instituciones y racionalidad. México: CIDE, 2016. Cap. II.
La paradoja del votante racional
En las elecciones presidenciales de 2024 votaron alrededor de 60 millones de personas. La probabilidad de que tu voto individual haya decidido el resultado es, para fines prácticos, indistinguible de cero. Si votar tiene algún costo —tiempo, traslado, fila, información que tuviste que buscar—, entonces la aritmética dice que no deberías ir. Y sin embargo, fuiste. Y fueron millones más.
El economista Anthony Downs formuló en 1957 una pregunta incómoda: ¿cuándo tiene sentido racional ir a votar? Su respuesta fue una ecuación conceptual con tres piezas. La primera es la probabilidad de que tu voto sea el decisivo —de que, sin ti, habría empate, y con tu voto gana quien tú prefieres—. La segunda es el beneficio que obtienes si tu candidato gana en lugar del otro: la diferencia real que hace quien gobierne para tu vida. La tercera es el costo de votar: el tiempo que pierdes, lo que dejas de hacer, el esfuerzo que implica. La lógica dice que votar vale la pena solo cuando la probabilidad de ser el voto decisivo, multiplicada por el beneficio que esperas, supera ese costo. El problema es que cuando hay decenas de millones de votantes, esa probabilidad es tan cercana a cero que el producto también lo es, sin importar qué tan importante sea la elección para ti. Por puro cálculo instrumental, votar no tiene sentido.
Claudia Sheinbaum ganó la presidencia de México en 2024 con casi 36 millones de votos, una ventaja de más de 30 puntos sobre Xóchitl Gálvez. En ese universo de 60 millones de votantes, la probabilidad de que cualquier voto individual hubiera cambiado el resultado era, literalmente, de una en decenas de millones. Si le pones número al costo de ir a votar —dos horas de domingo, el traslado, la fila— y lo comparas con esa probabilidad multiplicada por el beneficio esperado, el resultado siempre da negativo. Downs lo sabía, y lo llamó “la paradoja del votante”: el modelo predice abstención masiva, pero el mundo produce participación masiva. Hay algo que el modelo no está capturando.
Ajusta los parámetros del modelo —tamaño del electorado, diferencia percibida entre candidatos, costo de votar— y observa cuándo la lógica instrumental justifica participar.
La paradoja de Downs no es un fracaso del modelo: es la señal de que hay factores reales que el modelo no incluyó. La gente vota por identidad, por deber cívico, por expresión pública de sus valores, porque le importa la norma social de participar aunque su efecto individual sea microscópico. El modelo que no puede explicar el voto masivo no es inútil —nos dice exactamente qué parte de la realidad queda fuera del cálculo puramente instrumental. Y esa parte es política en el sentido más profundo: pertenece al terreno de lo que somos, no solo de lo que calculamos. Entender por qué votamos a pesar del modelo es, paradójicamente, uno de los avances más importantes de la ciencia política del siglo XX.
Fuentes: Downs, Anthony. An Economic Theory of Democracy. Nueva York: Harper & Row, 1957. | Shepsle, Kenneth A. Analizar la política: Comportamiento, instituciones y racionalidad. México: CIDE, 2016. Cap. IX.
Decisión bajo incertidumbre
Un secretario de seguridad tiene dos estrategias sobre la mesa: una apuesta por operativos de fuerza directa, la otra por programas de prevención social. Ninguna garantiza nada. ¿Cómo elige racionalmente cuando el futuro depende de variables que no controla, en un país donde los datos son incompletos y los tiempos políticos no esperan?
Cuando el futuro no es cierto pero sí tiene cierta estructura —sabemos qué puede pasar aunque no qué pasará— el modelo de utilidad esperada ofrece una regla para decidir. La idea es sencilla: a cada escenario posible le asignas una probabilidad y un valor, multiplicas uno por otro, y sumas. Lo que resulta es el “valor esperado” de cada opción —lo que esa opción vale en promedio, ponderando lo bueno y lo malo por qué tan probable es cada uno. Si una política tiene 60% de probabilidades de reducir los homicidios significativamente y 40% de no cambiar nada, su valor esperado es la suma ponderada de esos dos mundos. El decisor racional no elige el escenario más optimista ni el más pesimista: elige la opción con el mejor promedio esperado, dados sus propios valores sobre los resultados. Lo crucial, y lo que hace difícil la política real, es que dos personas razonables pueden tener las mismas probabilidades en mente y llegar a conclusiones distintas si valoran los resultados de manera diferente.
Durante el gobierno de Felipe Calderón y los sucesivos hasta el presente, el debate entre estrategia de fuerza y estrategia de prevención en seguridad pública ha sido precisamente este dilema. La evidencia sobre la guerra al narcotráfico sugería que los operativos militares podían desarticular grupos pero también fragmentarlos y multiplicar la violencia a corto plazo —un resultado posible con consecuencias muy diferentes dependiendo del horizonte temporal que uno privilegia. Un funcionario que valora los resultados a seis meses calcula diferente que uno que piensa en seis años, incluso si ambos tienen acceso a los mismos datos. El modelo de utilidad esperada no resuelve el dilema, pero lo estructura: hace visible exactamente dónde están los desacuerdos.
Asigna probabilidades y valores a distintos escenarios de política pública y observa cómo cambia la decisión óptima cuando modificas lo que más importa.
El valor de este modelo no está en que dé respuestas, sino en que muestra de dónde vienen los desacuerdos. Cuando dos personas competentes llegan a conclusiones opuestas ante los mismos hechos, casi siempre la diferencia está en dos lugares: en cuánta probabilidad le asignan a cada escenario, o en cuánto valoran cada resultado posible. El primero es un desacuerdo sobre la realidad empírica; el segundo, sobre valores. Confundirlos —tratar un desacuerdo de valores como si fuera ignorancia, o uno de probabilidades como si fuera mala fe— es uno de los defectos más comunes del debate político en México y en cualquier democracia. El modelo no elimina la incertidumbre. Pero obliga a ser honesto sobre de dónde viene.
Fuentes: Shepsle, Kenneth A. Analizar la política: Comportamiento, instituciones y racionalidad. México: CIDE, 2016. Cap. II.
Los tres modelos de esta sección parten de una misma pregunta: qué significa decidir bien cuando la realidad es complicada, la información es incompleta y los valores no son neutrales. Si llegaste hasta aquí, probablemente encuentres algo útil en elcerebrohabla.com: análisis político sobre México, sin los simuladores.